Dejar que el bosque respire

En la reserva natural cohabita una humana cuidadora: Johanna Drews, quién desde la observación, el aprendizaje y el cuidado silencioso ha resistido preservando y restaurando para la protección de su comunidad animal. Este bosque es una anomalía, en medio de un paisaje de haciendas y condominios, ubicado en una zona pensada, desde los planes territoriales, para la expansión urbana de Pereira y con un alto valor de la tierra.

Johanna nos invita a volver a escuchar, volver a entrar, no tanto desde donde nosotros queremos, sino desde donde el territorio habla, ¿cuáles son las prioridades del territorio?

Con certezas abrazadas de alegría ella sostiene que, más que hacer, hay que quedarse sin hacer. Se trata de habitar el silencio e indagar desde una observación paciente: ¿Qué está pasando? ¿Qué tenemos que hacer? ¿Cuáles son las rutas para que haya continuidad de la vida?

Desde una perspectiva que reconoce la fragilidad, Johanna comparte su experiencia con Kaukitá, un territorio que la ha movilizado profundamente para amar el cuidado en conexión con la naturaleza que somos.

¿Cómo se aprende a escuchar el territorio? ¿Cómo lo aprendiste tú?

Silenciando mis importancias personales, silenciando lo que pensaba que había que hacer, dejando el control, escuchando a la gente que sabe y en la observación: poder observar en el tiempo. Por eso el territorio no se puede escuchar en una noche. Pienso que se han necesitado unos 20 o 25 años para entender la voz del territorio. He aprendido también a leer el territorio desde el comportamiento animal, si entiendo por dónde es que pasan los animales para tomar agua, eso me habla a mí de cómo es el territorio.

No se trata tampoco de montar películas en las que escuchamos voces, cuando realmente es nuestra cabeza queriendo crear esas cosas. La escucha sucede en la observación de los árboles, en la observación de los propios animales, las cámaras trampa, es un trabajo más de estudio, de dedicación, aunque hay muchos sentires en los que de pronto, no teniendo tanto la voz presente personal o lo que se quiere que suceda, sí se puede llegar a escuchar una fuerza.

Hay rituales que pueden activar la escucha en nosotros para poder entender qué necesita el territorio más allá de lo que yo necesito. Escuchar el territorio es la manera de uno empezar a conocer un territorio, de recorrerlo, de encontrar las cuevas, de encontrar los lugares donde no llega la presencia humana y poder entender el territorio desde ahí. Cuando tú lo recorres, el territorio te empieza a reconocer a ti. Entonces empieza ese lenguaje.

¿Qué conexión has desarrollado con los animales y qué te han enseñado del cuidado?

En los aprendizajes me han recordado mucho los ciclos de la tierra. Ellos nos hablan de que el tiempo no es lineal, ni las experiencias de la vida son lineales, son cíclicas. Por ejemplo, cuando una mona está preñada ella se demora unos cuatro o cinco meses en la preñada y después el bebé se pasa un año con ella, no se le suelta un año, ya después el bebé, cuando se baja, pasa un ratico solo y lo sacan de la tropa porque le toca experimentar lo que es andar solo.

Lo otro también ha sido leer los calendarios de las semillas de los árboles. Los árboles tienen unos calendarios muy diferentes a los gregorianos o lunares: hay árboles que semillan cada cada mes, hay árboles que semillan cada año, hay árboles que semillan cada diez años o hay árboles que semillan una sola vez en la vida y cuando semillan mueren. Ahí hay cantidad de información, otra cosa es que tú pases por el árbol de tu esquina y ni siquiera te des cuenta que tiene una semilla. La gente dice es que yo estoy desconectado, pero a ver, ¿usted ha mirado el árbol de la esquina a ver cuántas veces ha florecido este año?

Otro ejemplo, es que los monos aulladores casi nunca aullan en la noche, eso también me habla mucho de qué será lo que pasa, o también cuando hace mucho calor se ponen muy nerviosos, se ponen ansiosos y se suben a las partes altas del bosque.

Kaukitá me ha enseñado del tiempo y el tiempo no es como sacar media hora, no, es en un año, ¿cuánto he observado?, en diez años. Para mí es una experiencia muy grande porque me hubiera podido cansar hace diez años o hace quince, pero no, me he quedado porque me gusta observar. Y me ha tocado esperar con mucha paciencia para volver a ver una semilla.

¿Cómo cuidar y escuchar un territorio en lo urbano?

A mí me parece clave hablar de que todo en esta tierra es naturaleza. No hay nada que esté desconectado de la tierra, todo es de la tierra. Si yo puedo mirar, por ejemplo, que al frente de mi edificio hay un vecino que prende la luz a las siete de la noche, eso me conecta con el territorio. Tenemos que observar. Yo puedo mirar que en la calle, al frente, hay una señora que tiene una sábila y la sábila de la señora floreció, ¡ay, qué belleza! Son diferentes formas de conectar con el territorio para no sentirnos huérfanos de la tierra.

Lo otro también es que uno puede abrir la llave de la casa y hacerse la pregunta: ¿por dónde recorrió el agua que llegó a mi casa?, ¿tú sabes dónde está la bocatoma del río?, ¿tú sabes dónde se recolecta el agua que llega a tu llave?, ¿y has ido al río para de pronto decirle gracias, que el agua llegue a mi casa? Usted tiene esa capacidad de observación, tiene la capacidad de estar alrededor mirando qué es lo que está pasando en el entorno que también es la naturaleza. Eso puede ayudar un poquito para no sentirnos huérfanos de esa conexión. No importa donde estemos, tendríamos que salir de la tierra para decir que estamos desconectados.

¿Cómo inició tu relación con Kaukitá?

Desde chiquita estuve viniendo acá porque era la finca de mis abuelos, más o menos mis ancestros llevaban unos 100 años pisando esta tierra. Eso también genera una conexión muy grande para seguir cuidando. Siempre tuve mucha conexión con el territorio: desde el río, desde el Otún —porque parte de la finca llega cerquita al río— y con las formas del territorio (montañas, cerros, árboles y fauna). En el año 2000 llegué a administrar porque mi papá murió y recibí la tierra como herencia. Fue muy diferente la visión de lo que era el territorio de niña a cuando tuve que afrontar el proceso de cuidarlo. Para poder usted hacer parte del territorio lo tiene que recorrer, lo tiene que caminar, el territorio lo tiene que reconocer, más allá de que usted lo reconozca a él; que fueron formas que me enseñaron las comunidades indígenas y en las que fui entendiendo que había que recorrer todos los rincones, si no no iba a entender quién era la contraparte de este sostenernos en el tiempo.

Recorriendo y conociendo empecé a ver la importancia de lo que había, más allá de los cultivos, más allá de las formas usadas por mis abuelos y mi papá.

Hubo muchas maneras de entender qué hacer: el trabajo espiritual, la colaboración con mucha gente que sabe y aprendiendo, abriéndome al conocimiento —yo soy arquitecta y tengo un máster en restauración de edificios—. De alguna manera veo a Kaukitá como un bonito laboratorio donde se han podido probar muchas formas y también se ha podido aprender qué sí, qué no. Todo ese conocimiento al final se integró para poder entender por qué era clave la conservación del bosque.

En ese camino, ¿cómo comprendiste la importancia de conservar?

Viví la confrontación de lo que puede ser el desastre, de lo que puede ser el caos, cuando vimos muchos animales muertos. Estuvimos cultivando café, tratando de generar recursos para poder pagar el predial, para poder sostenernos a nivel, digamos, de estratos. Buscando opciones de productividad empezamos a echar químicos para que el café diera. Entonces hubo mucho impacto que yo misma generé y tuve que aprender así, empecé a encontrar, por ejemplo, varios osos perezosos muertos después de haber aplicado algunos químicos a los cultivos. Sí afecta, ya lo hice y yo misma pude entender que sí los mata. Entonces decidí nunca más en la vida volver a aplicar un químico donde hay fauna porque no vamos a dejar que se mueran los animales.

Así ha sido el aprendizaje: llorar, echarme mil culpas, preguntarme yo qué hago, cómo hago, reconocer cuando no puedo hacer nada. Con el tiempo ha ido cambiando el cómo voy a cuidar, cómo voy a hacer esta resistencia dentro de un territorio [Cerritos] que no resuena para nada con el alma que tiene Kaukitá. Pero la vida es más fuerte.

¿Para qué existe un lugar acá como este? Para entender que hay mucha diversidad en nuestro territorio y hay que cuidarlo; que tenemos árboles importantísimos que dan muchísimo alimento a muchos otros seres, que no somos solo nosotros.

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